Curso de negociación para escritores

2013-02-13 10.18.28

El lector incauto podría esperar que en la correspondencia entre uno de los escritores más importantes en lengua alemana del siglo pasado y uno de los editores europeos más prestigiosos del mismo período se hablara principalmente de literatura. No es así, claro: en estas cartas escogidas se habla, sobre todo, de dinero y de ego, por un lado, y de cómo lidiar con ello, por el otro.

Bernhard es exactamente el tipo de persona de trato difícil que uno podría imaginar al leer sus libros o al leer las anécdotas que se han contado sobre él; la misma clase de mente egocéntrica y desequilibrada que podemos intuir detrás de la escritura nervosa, crispada, casi extraterrestre, de sus libros. Es difícil saber (o tal vez sólo es demasiado pronto para ello) si se trata de uno de los principales renovadores de la narrativa del siglo XX, a la altura de los más grandes, o si es simplemente un loco con cierto talento literario. En uno de los informes internos de la editorial que aparecen en este mismo libro, Unseld cita un artículo de Joachim Kaiser en el Süddeutsche Zeitung, en el que se afirma que «Thomas Bernhard ha descubierto para la literatura la enfermedad intelectual como signo de la conciencia moderna»; independientemente del criterio que cada uno tenga sobre el valor literario de Bernhard, es difícil no concederle al menos ese mérito.

En estas cartas, Bernhard reclama constantemente atención; se queja las fechas en las que la editorial programa la salida de sus libros; se queja de que lo ignoran, o de que no le mandan libros; se queja de que lo agobian, o de que le mandan libros y tiene que pagar los aranceles del gobierno austriaco por recibir paquetes; se jacta de su soledad y de su desapego por el mundo cultural; se queja de que la editorial y el mundo cultural no le presten la suficiente atención; se queja de Austria, y también de Alemania; se queja de la incompetencia de actores y directores y editores teatrales; se queja, finalmente, de las promociones que la editorial dedica a otros autores (Handke, Walser) en comparación con las que le dedica a él.

Cita de una carta de Thomas Bernhard (indicado como TB en adelante): Que una editorial tan importante y tan responsable como la suya no haya podido vender más que mil cien ejemplares es tan absurdo que nadie puede creérselo si lo digo, porque si, completamente solo, fuera con mi mochila por el país vendería más con toda seguridad.

TB: Desde hace dos días le doy vueltas a la frase: tengo una editorial, pero no tengo editor.

TB: Cada vez me imagino más a la editorial como una anónima potencia enemiga. Disipe usted esa impresión.

Ante esa sucesión de reproches y lamentos, Unseld se defiende como puede: con paciencia, con educación, intentando razonar con Bernhard, a menudo con el mismo éxito que el del padre que intenta calmar el berrinche de su niño a base de silogismos.

De vez en cuando, a Unseld no le queda más remedio que apelar, simplemente, a la compasión:

Cita de una carta de Siegfried Unseld (indicado como SU en adelante): No sólo los autores sino también un editor tiene sentimientos y alergias, y los míos se excitan precisamente en ese aspecto.

SU: También un editor es un ser humano. También él necesita su parte de aprecio. Si sólo se le azota, como se azota a un perro, sólo podrá hacer perrerías…

El principal motivo de los reclamos de Bernhard, el tema cuya discusión ocupa más páginas en esta correspondencia, es, sin embargo, el dinero. Puede parecer sorprendente que, en una época preagentes y en un mundo en el que, salvo que un escritor sea un autor de éxito de literatura comercial, el cobro de los avances y los devengos suele ser, en el mejor de los casos, lento, Bernhard consiguiera exprimir económicamente a la editorial, y que lo hiciera incluso desde los inicios, cuando la repercusión de sus libros era aún mínima. Dice Unseld en una carta:

SU: Las críticas a su libro aumentan, y es posible también que de vez en cuando se venda algún ejemplar.

Y, sin embargo, Bernhard consigue que la editorial le conceda un préstamo para comprarse una casa (préstamo por el que jamás mostrará gratitud y cuya devolución será fuente de problemas en las negociaciones futuras).

Todo esto tiene, no obstante, una explicación sencilla, ya conocida hace tiempo en teoría de la negociación (incluso desde la perspectiva del acercamiento más racional a la misma la rational choice, y su uso, por ejemplo, de la teoría de juegos): el mejor negociador posible es, muy a menudo, un loco.

Veamos una demostración simple. Imaginemos una negociación entre A y B. Ambos tienen que decidir si ceden en su posición inicial o si no ceden. El resultado final de la negociación dependerá de qué decisión haya tomado cada uno de los dos y reflejará un determinado reparto de beneficios entre los dos. Esto podríamos representarlo gráficamente así:

Curso de negociación para escritores Tabla

Los dos negociadores conocen las consecuencias de cada resultado de la negociación. Desde el punto de vista de A, si cree que B va a ceder lo mejor puede hacer es mostrarse inflexible (ganará 6, mientras que si cede ganará 4); si cree, en cambio, que B no va a ceder le conviene ser él quien ceda (en ese caso ganaría 1, mientras que si no cede no hay acuerdo y no gana nada). Sucede exactamente lo mismo desde el punto de vista de B.

La solución a este tipo de problemas puede obtenerse mediante un análisis de estrategias dominantes que simplifique los resultados posibles y, cuando, como en este caso, ninguno de los negociadores tiene estrategias dominantes, con un cálculo matemático que estime los pagos esperados que cada jugador obtendría con cada una de sus estrategias. En este cuadro en concreto el resultado racional sería que A no cediera y que B cediera, puesto que A es quien más tiene que ganar al mostrarse inflexible, y por lo tanto eso le concede una posición negociadora más fuerte.

¿Qué sucedería, sin embargo, si A tuviera indicios de que B es un loco que puede tomar decisiones que van en contra de los cálculos racionales (es irrelevante que su locura sea real o impostada; lo relevante es que sea creíble)? Si B logra una reputación lo suficientemente fuerte de negociador inflexible o imprevisible, ya sea por su actitud durante la negociación o por negociaciones anteriores en las que no tomó las decisiones que racionalmente eran de esperar; si B, en definitiva, logra convencer a A de que no va a ceder bajo ningún concepto, aunque ello vaya contra el propio interés racional de B, A se encontrará ante un gran problema: frente a una convicción así deberá basar su decisión únicamente en los pagos de la columna en la que B no cede y tendrá que eliminar de su cálculo estratégico los resultados en los que B cede. Es decir, A debe decidir entre ceder y ganar sólo 1 o no ceder y no ganar nada. El resultado será, por supuesto, que A cederá.

Esto es en esencia lo que sucede en las negociaciones sobre asuntos económicos entre Unseld y Bernhard. Bernhard presiona, chantajea, amenaza con dejar de escribir o con dejar de publicar (aunque ello pueda ir en menoscabo de sus ingresos futuros si lo llevara a cabo), e incluso llega a publicar sus libros autobiográficos (que son algunos de sus mejores libros y, para desesperación de Unseld, los que conocen un mayor éxito comercial) con otra editorial.

TB: Así pues, prescindiendo de que necesito algo para vivir, si no tengo nada tendré que ponerme a trabajar como todo el mundo. Contra eso no tengo nada, al contrario, cortar leña o algo parecido me resulta preferible desde hace [mucho] tiempo a escribir, pero entonces no podré pensar en continuar la novela en que trabajo, etcétera. ¿Cómo se imagina que vive una persona con un estómago? Sencillamente, llenándolo.
PD: ¿Por qué clase de lamentable escritorzuelo me toma?

TB [En este momento el saldo entre autor y editorial es: 1) TB debe 25000 marcos del préstamo para comprarse una casa, préstamo por el que la editorial paga anualmente unos intereses de 3200 marcos; 2) la diferencia entre anticipos pagados y derechos de autor generados de los libros publicados hasta el momento es favorable a Bernhard por una cantidad de 8000 marcos; es decir, la editorial ha pagado a Bernhard bastante por encima de lo que sus libros han generado):

Naturalmente, no firmaré su contrato. […] Si la editorial liquida por completo mi deuda con mis obras vinculadas hasta hoy a Suhrakampinsel, nuestra colaboración continuará. Si la editorial no liquida mi deuda en el plazo máximo de 2 años, mi próximo libro aparecerá en otra editorial. […] No puedo aceptar tan ridícula oferta de su editorial ni un minuto más.

Unseld intenta jugar sus cartas:

SU: La Sra. Ninon Hesse me dijo una vez que en las cuestiones de dinero había que tratar a los amigos como si fueran enemigos.

Pero lo hace sin convicción. Ha comprendido enseguida los procedimientos de Bernhard:

SU [en uno de los informes internos de la editorial]: Es y seguirá siendo un hombre extraño. Sin duda un genio, pero expuesto también a los peligros del genio. Desmesurado, falto de realismo y, en las cuestiones materiales, dispuesto siempre a chantajear al prójimo.

Ha comprendido también el desequilibrio de Bernhard, que dota de credibilidad a esos procedimientos:

SU [también en un informe interno]: me resulta claro que en Thomas Bernhard la sensibilidad, susceptibilidad y neurosis han llegado a un extremo que, a la larga, no será fácil afrontar. […] Por mi parte, descubrí, no sin asombro, cómo consigue Bernhard, al escribir y defender materialmente su obra, neutralizar su neurosis; el precio es muy alto, y también nosotros debemos pagar una parte… En el sentido más literal.

Ha tenido la mala suerte de admirar la literatura de Bernhard:

SU [en la necrológica de Bernhard]: Apuntaba a lo total y lo perfecto, sabiendo que lo total y lo perfecto no era soportable.

Ha comprendido su derrota:

SU [en un informe]: No puedo describirlo, una y otra vez me parecía un payaso, diciendo que también podía ganar 2000 marcos de otra forma. […] Por su parte, habría estado dispuesto a todo, yo no; por eso era él quien apostaba más.

Después de 25 años como editor de Bernhard, al final de la correspondencia reunida en este libro, Unseld explota, y Bernhard responde con crudeza, y no sabemos si con ironía o inconsciencia.

SU: No puedo más.
TB: Si, como dice su telegrama, “no puede más”, bórreme de su editorial y de su memoria. Sin duda he sido uno de los autores menos complicados que ha tenido nunca.


Dos citas curiosas, a modo de posdata:

Primero, la de uno de los editores más cultos y respetados de Europa, pidiendo a Bernhard fotos para la Feria del Libro Alemán en Madrid:

SU: Y otra pregunta: ¿Hay fotos en las que usted aparezca ante un fondo español? Serían preferibles fotos con bailarinas de flamenco.

Segundo, Patrulla de Salvación hablando por boca de Bernhard, unas cuantas décadas atrás. Cada época es una copia de la anterior.

TB: ¿Podría responderme la pregunta de por qué los editores publican rápidamente lo que la gente muy joven escribe en muy poco tiempo, sin ningún esfuerzo, sin ningún genio y de forma muy estúpida?