[Que con magnífica ironía]

María Kodama ha obligado a retirar de las librerías el libro de Agustín Fernández Mallo El hacedor (de Borges), Remake, publicado por la Editorial Alfaguara. La noticia apareció en internet de una manera sospechosa, casi clandestina, como ese tipo de noticias que uno no sabe si son reales o apócrifas. Poco a poco parece confirmarse su veracidad. En cualquier caso, ha sido comentada rápida y copiosamente.

Gran parte de los comentarios en contra de la acción de María Kodama hacen hincapié en la ironía de que esto haya sucedido precisamente con un libro de Borges, uno de los más grandes parásitos (1) de la historia de la literatura. No le faltan antecedentes ilustres a Fernández Mallo, desde luego, y por supuesto Borges es uno de ellos. La reelaboración de obras literarias anteriores, por mucho que ahora se disfrace con palabras modernas como remezcla o sampleado, tiene una larga tradición (Shakespeare, sin ir más lejos, es un ejemplo obvio); es cierto, asimismo, que Borges fue uno de sus principales impulsores en el siglo XX, seguramente el autor capital en la incorporación de este procedimiento en la literatura reciente.

Hay, sin embargo, diferencias. Los robos de Borges (permítanme mantenerme en ese léxico delictivo) suelen ser menores, tanto por lo que respecta a la extensión (frases, adjetivos, versos, ideas para un cuento o un artículo) como a la procedencia (a menudo autores desconocidos o no consagrados, que en cierto modo son eximidos del olvido gracias a Borges). De hecho, la procedencia de los textos no suele ser el motivo central del libro, y su dilucidación queda a menudo en manos de los lectores: es su cultura o su curiosidad y paciencia la que les permitirá desentrañarla.

Incluso cuando el robo toma la forma de un libro entero (se suele mencionar estos días los paralelismos entre la Historia universal de la infamia de Borges y las Vidas imaginarias de Schwob) habrá que convenir que la apropiación es más sutil que en el caso de Fernández Mallo. El libro de Borges se inspira en el de Schwob, pero no lo reescribe, sólo toma la idea general; lo que sí reescribe, con mucha libertad, son otros textos -multitud de ellos, de multitud de autores- que aparecen mencionados en la bibliografía final, que, para mayor confusión, contiene al menos un libro falso.

En el libro de Fernández Mallo, en cambio, la referencia queda establecida desde el título: es indudable que el juego de variaciones con un solo modelo original sí es el motor que anima, de forma explícita, el libro; Fernández Mallo se «aprovecha» más de Borges que Borges de los autores a los que expolia.

La exploración de Fernández Mallo me parece artísticamente legítima, pero un libro (publicado por una editorial) no es solamente un objeto artístico, es también un objeto de consumo; un objeto de consumo protegido por derechos de autor que limitan su copia y el uso que terceras personas puedan hacer de él; publicado y publicitado, en este caso, por un gran grupo editorial con fuerte influencia en los medios y en los canales de distribución y que tiene como objetivo (a lo mejor es demasiado inocente destacar esto) ganar dinero. En el momento en el que un libro se publica, especialmente si entra en el circuito comercial, hay unas reglas del juego que son asumidas por la editorial y por el autor (no en tanto escritor de su libro, pero sí en tanto comerciante del mismo).

Lo que expuse unos párrafos arriba, por lo tanto, puede no ser relevante desde un punto de vista artístico, pero sí lo es desde un punto de vista comercial; es difícil argumentar que Historia universal de la infamia haya podido obtener provecho comercial de sus semejanzas con el libro de Schwob; es menos difícil hacerlo en el caso de El hacedor (de Borges): Remake. Puede argumentarse también, sin duda, que El hacedor de Borges (no remake) obtiene provecho comercial de la publicación del libro de Fernández Mallo; una cuota de resonancia en los medios que tal vez no necesita pero que indudablemente puede reavivar el interés por él. Es cierto, pero entonces deberíamos discutir sobre la torpeza comercial de la decisión de Kodama, no sobre su legitimidad legal o moral, como se está haciendo. Por qué se discutiendo con tanto ardor sobre la moralidad de la decisión de Kodama es muy fácil de explicar: María Kodama entra dentro del estereotipo de «viuda codiciosa que ha abducido a artista genial»; en un mundo en el que la gente adora tomar partido a partir de estos pensamientos masticados es muy sencillo crear opinión en contra de ella sin impugnar el sistema completo, el sistema que es también el contexto en el que ha aparecido el libro de Fernández Mallo.

Alfaguara es una de las grandes editoriales en lengua española. Forma parte del grupo Santillana, que a su vez es propiedad de Prisa. Resulta bastante sorprendente que una editorial de semejante trayectoria haya publicado un libro que, desde su título, se presenta como un remake de otro libro con derechos de autor vigentes sin haber negociado antes con los titulares de los derechos (esta ausencia de permiso la supongo por el artículo publicado en El Cultural).

Me pregunto qué harían en Alfaguara si alguien, en otra editorial, decidiera publicar (sin permiso previo) un libro titulado, por ejemplo, Todas las almas (de Javier Marías): un remake, que reelaborara la historia del libro original.

En el sistema cultural de consumo del siglo XXI no podemos pretender abogar por la permisividad con el plagio o con la reelaboración de textos ajenos obviando el contexto en el que los libros son publicados. Quienes critican a Kodama sin impugnar el sistema cultural al completo en realidad le están pidiendo que renuncie (¿por qué?; ¿porque sí?; ¿porque es mujer?; ¿porque no es una megacorporación?; ¿porque es un arquetipo odiable?; ¿porque el demandado es un escritor de prestigio y no un fan de Harry Potter que escribe un fanfic?) a su legitimidad legal a actuar como lo ha hecho. Pero la víctima de la polémica resulta que es un libro publicado (con copyright) por una editorial sustentada por el mismo modelo de gestión de derechos de autor que da legitimidad a Kodama.

Esta es la magnífica ironía del asunto.

Espero que si Alfaguara no está de acuerdo con el modelo de derechos de autor que ha permitido a Kodama retirar el libro actúe en consecuencia y no someta sus libros a copyright, o que Fernández Mallo presione a la editorial para que sus libros sean publicados con un tipo de licencia que dé libertad a otros para hacer obras derivadas de la suya sin necesidad de su consentimiento.

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(1) Sabrán disculparme la calificación, que no es mía, sino de Alan Pauls en su libro El factor Borges (justamente durante los días en que ha surgido esta noticia estaba terminando de leerlo). Pauls consagra por completo el capítulo siete (“Segunda mano”) a examinar el parasitismo de Borges. Pauls, a su vez, extrae la idea de un alegato indignado, escrito en 1933 por Ramón Doll (un autor que hace bueno el lema borgeano “La meta es el olvido; yo he llegado antes”) contra los textos de Borges, que, se lamenta Doll, “pertenecen a ese género de literatura parasitaria que consiste en repetir mal cosas que otros han dicho bien; o en dar por inédito a Don Quijote de la Mancha y Martín Fierro, e imprimir de esas obras páginas enteras”.