“La verdad sobre el caso Harry Quebert”, en menos de mil palabras

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La verdad sobre el caso Harry Quebert“, en menos de mil palabras

Mi primer libro fue un éxito. Me convertí en un gran escritor, es decir, en un escritor millonario (no en vano mi nombre es Markus Goldman). Disfruté de la vida: lujo, cócteles, actrices famosas, celebridad.

Mi agente y mi editor, sin embargo, no tardaron en fastidiarme:
-Te recordamos que has firmado un contrato millonario por cinco libros, y en breve nos tendrás que entregar el segundo…
-Pero, ¿creéis que con la vida que llevo me apetece ponerme a escribir? ¡Anda y que os jodan!
-Te denunciaremos y te dejaremos más seco que una mojama. ¡Recuerda que esta novela transcurre en los EEUU!

Recuperé el interés por la literatura. Y, ay, descubrí que padecía el síndrome de la hoja en blanco.
-Maestro Quebert, usted es el mejor escritor americano vivo, y mi amigo, y me enseñó todo lo que sé sobre el noble arte de hacerse rico, quiero decir, de escribir. ¿Recuerda todos aquellos consejos pseudo-zen sobre escritura y boxeo y virilidad que me daba cuando yo era su discípulo? ¡Ahora necesito nuevamente su ayuda! –le dije a Harry Quebert.
-Ven a mi casa, a ver si podemos hacer algo.

Llegué a Aurora. Era una pequeña ciudad de cartón piedra, que muy a menudo había servido de decorado para rodar telefilmes de domingo por la tarde. Había una playa, un bosque, un diner con camareras sirviendo café, unos cuantos policías, un reverendo y algunos extras.

Mientras buscaba un bolígrafo en el despacho de Quebert, descubrí una caja llena de fotos y cartas de amor. ¡Increíble! ¡Harry Quebert había tenido una relación con una chica de quince años cuando él tenía treinta y cuatro!
-Markus, no había hablado de esto con nadie, nunca. Nola era un amor prohibido. ¡El amor de mi vida! La novela que me convirtió en uno de los mejores escritores del país la escribí pensando en ella.
-¿Y qué pasó?
-Un día desapareció en extrañas circunstancias.
-Señor Quebert, he encontrado un cadáver en el jardín –dijo el jardinero.

El cadàver era el de Nola. La relación de Quebert con Nola salió a la luz. Fue un gran escándalo en todo el país: “¡El Gran Escritor Americano es un pedófilo!”, decían los diarios. “Y un tal Harry Quebert, autor de una novela infumable si juzgamos por los fragmentos que hemos podido leer, también”, añadían en las páginas interiores.

La policía detuvo a Harry Quebert como principal sospechoso del asesinato.
-Esto explica muchas cosas –dijo un policía-. Nola desapareció tres meses después de que Harry llegara a Aurora. Y cuando desapareció perseguimos sin éxito a un coche sospechoso, un Chevrolet Monte Carlo negro, que casualmente es el mismo modelo que tenía el Sr. Quebert.
-¿Y eso no lo convirtió en sospechoso en su momento? –dijo un lector.
-A toro pasado es muy fácil decirlo -respondió el policía.
-Markus, esta es tu gran oportunidad –dijo mi editor-. Olvídate de la segunda novela, que no tienes ni empezada. Escribe un libro sobre el caso Quebert. Toma, un millón de dólares.
-De acuerdo. Pero te acepto el dinero para no hacerte un feo. En realidad escribiré el libro por amor a la literatura y a la verdad -respondí.

Me instalé en la casa de Quebert y me dediqué durante varias semanas a investigar el caso. Estaba convencido de que Harry era inocente. También me ponía bastante cachondo pensar en que se había estado tirando a una chica de quince años. Poco a poco reconstruí la relación entre Harry y Nola. Era una historia de amor. De hecho, sólo hablaban de la pasión con la que se amaban. Era imposible saber qué habían visto el uno en el otro, porque desde el primer momento únicamente hablaban de su amor. Aquello parecía una canción de Serrat. Lo peor de todo es que no me quedó claro si había habido sexo.

Pero, entre flashback y flashback, fui descubriendo algunos secretos. Afortunadamente, la gente de Aurora hablaba por los codos, y los que escondían algo lo terminaban confesando por sí mismos. Me enteré de que Nola, aparentemente, había tenido relaciones con casi todo el mundo en el pueblo.

-No, no, yo apenas la conocía… Demonios, está bien, lo confieso, me hizo dos felaciones. Hace treinta años que el recuerdo me persigue y no dejo de hacerme pa…, de atormentarme con ello –dijo uno de los extras.
-Diremos que era una putita adolescente y la gente dejará de ver a Harry como un pervertido. Pasará a ser la víctima de una teen ninfómana. Ganaremos el caso y me haré famoso, ja ja ja -dijo el abogado de Quebert, que se llamaba…
-Roth, ponle Roth –dijeron los editores del libro de Joël Dicker–. Añade alguna otra referencia, no lo sé, boxeo, o una fábrica de guantes. Así diremos que tu libro tiene algo que ver con Philip Roth, y los de la prensa lo repetirán como loros.
-Ok, pondré algo de Nabokov también, por lo de la novela esa del pederasta –dijo Joël Dicker.
-No, Roth, usted no lo entiende. Harry y Nola se amaban de verdad. Les bastaban esas tres frases hechas que entonaba un trasnochado galán –respondí. “¡Hostia, una teen ninfómana!”, pensé.

Con la ayuda del sargento Gahalowood demostré que Harry no era culpable. Pero, entonces, ¿quién fue el asesino? La cuestión era complicada, porque tanto lo que nos contaba la gente como las cosas que íbamos descubriendo seguían un orden que favorecía los equívocos. En algún momento del libro, todos los habitantes de Aurora fueron culpables.
-¿Te has dado cuenta, Markus, de que al final hemos descubierto que todo el mundo en el pueblo tenía un Chevrolet Monte Carlo negro ese verano? –concluyó el sargento Gahalowood.

Yo ya no le hacía caso, porque volvía a ser rico y famoso, es decir, un gran escritor.

La verdad sobre el caso Harry Quebert“, en menos de 10 palabras

Los orígenes del mal.