El arte de titular

En un momento de los diarios de Bioy Casares, Borges y él hablan de los ensayos sobre escritores que llevan como título un juego de palabras con algún libro del autor, como (los ejemplos son de ellos) En busca de Marcel Proust, La inocencia de G. K. Chesterton o El ingenioso hidalgo don Miguel de Cervantes. Borges y Bioy conjeturan un improbable William Shakespeare, príncipe de Dinamarca.

Unas cuantas décadas más tarde, la colección de ensayo de Candaya se está postulando como una digna heredera de esa saga de ilustres tituladores presuntamente ingeniosos: la colección se inauguró con Vila-Matas portátil (¿lo pillan?), continuó con Bolaño salvaje, se tomó un breve descanso (hasta donde alcanzo a comprender) con El lugar de Piglia, y culmina, por el momento, con Ronda Marsé.

He aquí algunas de las opciones que tal vez fueron descartadas en un hipotético brain-storming del consejo editorial:

La siguiente portada podría haber ido acompañada de una faja que recogiera las declaraciones de Marsé sobre el Premio Cervantes: «Me voy a gastar el Cervantes en vino y en mujeres».

Para terminar, desde este humilde blog proponemos un par de ideas para futuros lanzamientos de la colección. Conociendo las pasiones encontradas que genera el segundo de los autores, no faltará quien diga que la segunda propuesta peca de redundante; en cualquier caso, se aceptan sugerencias.

Anuncios

Dos apuntes sobre los «Cuadernos Norteamericanos»

El diario como no ficción

Los diarios de Nathaniel Hawthorne se encuentran entre los más desconcertantes textos autobiográficos de grandes escritores que podemos encontrar: triviales, despojados en cierto modo de preocupación por la posteridad pero al mismo tiempo encorsetados, impersonales, tal vez enmascaradores.

Henry James, que los usó o intentó usarlos como material  al escribir una biografía sobre Hawthorne, los describió con precisión como «el monumento de una existencia plácida» y se preguntó, perplejo, «cómo llegaron a ser escritos; cuál sería el propósito del autor para mantener durante tantos años estas crónicas pueriles y minuciosas, […] en las que los objetos juegan un papel importante, pero las opiniones, las convicciones, las ideas, están casi siempre ausentes». No es raro que el lector se sienta desconcertado ante ellos: «Contienen demasiadas banalidades para creer que se han escrito pensando en un público, pero, por su frialdad y su pudor, tampoco reflejan la intimidad del autor. Amplían nuestra comprensión sobre el pensamiento de Hawthorne (y no digo que aumenten nuestra estima por él), y, sin embargo, a menudo lo hacen tanto por lo que no contienen como por lo que podemos encontrar en ellos», sentencia un Henry James que parece sorprendido por la ausencia de voluntad literaria, de ambición por un público, aunque sea diferido a través de la posteridad, en las anotaciones de Hawthorne. Pero tal vez ésa sea justamente la principal virtud de estos diarios, lo que los diferencia de los demasiado autoconscientes textos de otros escritores.

Habrá que convenir en que el diario es un género extraño, un género en el que se escribe ante el vacío, ante la ausencia de interlocutor. Habrá que convenir también en que esa definición se incumple a menudo, y aún más en el caso de diarios de escritores, cuya vanidad  los lleva a escribir no ante el vacío, sino ante un palco de lectores futuros, ansiosos (imagina el autor) por leer sus opiniones íntimas. De modo que la escritura ante el vacío se convierte, para los escritores que consiguen no sentirse ridículos ante esa situación y que persisten frente a la hoja o la pantalla, en escritura ante un vacío fingido, en un escribir para los demás fingiendo que no se escribe para nadie (o, a lo sumo, que se escribe para uno mismo), lo que no deja de ser una convención no muy distinta de la de las novelas y lo que convierte a los diarios, a efectos prácticos, en un subgénero de ficción: la ficción con la que el escritor pretende mostrar su intimidad ante el mundo.

Tal vez, entonces, los diarios de Hawthorne desconcierten porque nos presentan a un autor que no se muestra como es o como pretende ser, sino que es a través del texto (es banal, es tímido, carece de interés por ofrecer una imagen, carece de interés por ofrecer en cada entrada las opiniones, convicciones o ideas cuya ausencia sorprende a James, carece de interés  por consignar sus fracasos, o por ofrecer la peor versión de sí mismo en ellos: los odios, los rencores, el desdén); nos desconciertan por no ser ficción, o por ser una forma muy disminuida de ficción; por ser, en definitiva, algo distinto a lo que las convenciones nos han enseñado a considerar un diario-de-escritor. Es innegable que esto juega en su contra, y que su lectura puede impacientar, puesto que, a diferencia de los otros diarios y de gran parte del resto de literatura de ficción, no tienen nunca en cuenta al lector, ni siquiera para desafiarlo.

Un nuevo viejo modo de microcuento

No hay traducción española íntegra de los diarios de Hawthorne. En 2007 Belacqua se atrevió, sin embargo, a editar una selección de los American Notebooks, a cargo del escritor argentino Eduardo Berti. Se trata de una selección curiosa, que no elige los mejores momentos de los diarios, como suele ser común en este tipo de ediciones reducidas, sino que se centra en las anotaciones en las que Hawthorne recoge ideas y argumentos para futuras narraciones. No es mi intención hablar aquí sobre las particularidades de estas anotaciones (cómo prefiguran obras posteriores del autor; cómo influyen o predicen obras futuras de otros escritores), y para ello les recomiendo el estupendo estudio introductorio del mismo Berti que precede a los textos de Hawthorne.

Sí me interesa la forma que toman las entradas seleccionadas para esta edición del diario, y que lo convierten en algo parecido a un libro involuntario de microficciones. La concisión, la brevedad o el gusto por lo fantástico son algunos de los rasgos que hacen de las anotaciones casi microcuentos, o al menos antecedentes del microcuento.

En una vieja casa se oyen unos golpes misteriosos en una pared donde antaño había una puerta, ahora tapiada con ladrillos.

Hacer que un único y mismo hecho se produzca a la vez en varios lugares. Por ejemplo, si decapitan a un hombre en cierta ciudad, en muchas otras ciudades caen más cabezas de manera similar.

Un relato fantástico sobre un hombre que vive trechos inconstantes en lugar de vivir en un tiempo continuo. Es decir que, por ejemplo, diez años de su vida alternan con diez años de existencia interrumpida.

Dos personas esperan que se produzca un acontecimiento cuyos actores principales desconocen. Al fin descubren que dicho acontecimiento empezó a producirse ya y que ellos son los dos protagonistas.

Toda la gente que fue ahogándose en un lago reaparece de repente.

Un hombre de muy férrea personalidad ordena a otro, bajo su dominio, que ejecute cierto acto. El primero muere de pronto; el segundo sigue ejecutando ese acto por el resto de sus días.

Y, sin embargo, es el carácter de apunte al vuelo, de texto en potencia, inacabado, lo que aleja a estas anotaciones de la microficción propiamente dicha y al mismo tiempo lo que les otorga un encanto especial:  despojadas de artificio, despojadas de estilo, despojadas de la vana pretensión por el ingenio y de la esclavitud de la sorpresa, despojadas de lector, de la preocupación por un lector, despojadas, en fin, de una de las partes más irritantes de la literatura (lo literario), se nos presentan con una naturalidad y una sencillez  que puede devolvernos cierta fe en las formas breves.

“La verdad sobre el caso Harry Quebert”, en menos de mil palabras

22-copia

La verdad sobre el caso Harry Quebert“, en menos de mil palabras

Mi primer libro fue un éxito. Me convertí en un gran escritor, es decir, en un escritor millonario (no en vano mi nombre es Markus Goldman). Disfruté de la vida: lujo, cócteles, actrices famosas, celebridad.

Mi agente y mi editor, sin embargo, no tardaron en fastidiarme:
-Te recordamos que has firmado un contrato millonario por cinco libros, y en breve nos tendrás que entregar el segundo…
-Pero, ¿creéis que con la vida que llevo me apetece ponerme a escribir? ¡Anda y que os jodan!
-Te denunciaremos y te dejaremos más seco que una mojama. ¡Recuerda que esta novela transcurre en los EEUU!

Recuperé el interés por la literatura. Y, ay, descubrí que padecía el síndrome de la hoja en blanco.
-Maestro Quebert, usted es el mejor escritor americano vivo, y mi amigo, y me enseñó todo lo que sé sobre el noble arte de hacerse rico, quiero decir, de escribir. ¿Recuerda todos aquellos consejos pseudo-zen sobre escritura y boxeo y virilidad que me daba cuando yo era su discípulo? ¡Ahora necesito nuevamente su ayuda! –le dije a Harry Quebert.
-Ven a mi casa, a ver si podemos hacer algo.

Llegué a Aurora. Era una pequeña ciudad de cartón piedra, que muy a menudo había servido de decorado para rodar telefilmes de domingo por la tarde. Había una playa, un bosque, un diner con camareras sirviendo café, unos cuantos policías, un reverendo y algunos extras.

Mientras buscaba un bolígrafo en el despacho de Quebert, descubrí una caja llena de fotos y cartas de amor. ¡Increíble! ¡Harry Quebert había tenido una relación con una chica de quince años cuando él tenía treinta y cuatro!
-Markus, no había hablado de esto con nadie, nunca. Nola era un amor prohibido. ¡El amor de mi vida! La novela que me convirtió en uno de los mejores escritores del país la escribí pensando en ella.
-¿Y qué pasó?
-Un día desapareció en extrañas circunstancias.
-Señor Quebert, he encontrado un cadáver en el jardín –dijo el jardinero.

El cadàver era el de Nola. La relación de Quebert con Nola salió a la luz. Fue un gran escándalo en todo el país: “¡El Gran Escritor Americano es un pedófilo!”, decían los diarios. “Y un tal Harry Quebert, autor de una novela infumable si juzgamos por los fragmentos que hemos podido leer, también”, añadían en las páginas interiores.

La policía detuvo a Harry Quebert como principal sospechoso del asesinato.
-Esto explica muchas cosas –dijo un policía-. Nola desapareció tres meses después de que Harry llegara a Aurora. Y cuando desapareció perseguimos sin éxito a un coche sospechoso, un Chevrolet Monte Carlo negro, que casualmente es el mismo modelo que tenía el Sr. Quebert.
-¿Y eso no lo convirtió en sospechoso en su momento? –dijo un lector.
-A toro pasado es muy fácil decirlo -respondió el policía.
-Markus, esta es tu gran oportunidad –dijo mi editor-. Olvídate de la segunda novela, que no tienes ni empezada. Escribe un libro sobre el caso Quebert. Toma, un millón de dólares.
-De acuerdo. Pero te acepto el dinero para no hacerte un feo. En realidad escribiré el libro por amor a la literatura y a la verdad -respondí.

Me instalé en la casa de Quebert y me dediqué durante varias semanas a investigar el caso. Estaba convencido de que Harry era inocente. También me ponía bastante cachondo pensar en que se había estado tirando a una chica de quince años. Poco a poco reconstruí la relación entre Harry y Nola. Era una historia de amor. De hecho, sólo hablaban de la pasión con la que se amaban. Era imposible saber qué habían visto el uno en el otro, porque desde el primer momento únicamente hablaban de su amor. Aquello parecía una canción de Serrat. Lo peor de todo es que no me quedó claro si había habido sexo.

Pero, entre flashback y flashback, fui descubriendo algunos secretos. Afortunadamente, la gente de Aurora hablaba por los codos, y los que escondían algo lo terminaban confesando por sí mismos. Me enteré de que Nola, aparentemente, había tenido relaciones con casi todo el mundo en el pueblo.

-No, no, yo apenas la conocía… Demonios, está bien, lo confieso, me hizo dos felaciones. Hace treinta años que el recuerdo me persigue y no dejo de hacerme pa…, de atormentarme con ello –dijo uno de los extras.
-Diremos que era una putita adolescente y la gente dejará de ver a Harry como un pervertido. Pasará a ser la víctima de una teen ninfómana. Ganaremos el caso y me haré famoso, ja ja ja -dijo el abogado de Quebert, que se llamaba…
-Roth, ponle Roth –dijeron los editores del libro de Joël Dicker–. Añade alguna otra referencia, no lo sé, boxeo, o una fábrica de guantes. Así diremos que tu libro tiene algo que ver con Philip Roth, y los de la prensa lo repetirán como loros.
-Ok, pondré algo de Nabokov también, por lo de la novela esa del pederasta –dijo Joël Dicker.
-No, Roth, usted no lo entiende. Harry y Nola se amaban de verdad. Les bastaban esas tres frases hechas que entonaba un trasnochado galán –respondí. “¡Hostia, una teen ninfómana!”, pensé.

Con la ayuda del sargento Gahalowood demostré que Harry no era culpable. Pero, entonces, ¿quién fue el asesino? La cuestión era complicada, porque tanto lo que nos contaba la gente como las cosas que íbamos descubriendo seguían un orden que favorecía los equívocos. En algún momento del libro, todos los habitantes de Aurora fueron culpables.
-¿Te has dado cuenta, Markus, de que al final hemos descubierto que todo el mundo en el pueblo tenía un Chevrolet Monte Carlo negro ese verano? –concluyó el sargento Gahalowood.

Yo ya no le hacía caso, porque volvía a ser rico y famoso, es decir, un gran escritor.

La verdad sobre el caso Harry Quebert“, en menos de 10 palabras

Los orígenes del mal.