Matadero Cinco. Timequake.

salt-en-el-temps-i1n1897285        m5

La primera novela que leí de Kurt Vonnegut fue la última que escribió: Timequake (Cronomoto en la reciente traducción castellana, i Salt en el temps en la traducción catalana). Este era el esbozo del argumento en la contraportada de la versión catalana, que fue la que leí:

«El 13 de febrero de 2001 el universo deja de expandirse, se contrae y retrocede diez años. Todo el mundo debe volver a vivir estos años tal y como los había vivido, sin la posibilidad de cambiar nada, […] faltos de voluntad propia».

Lo primero que pensé al leer ese argumento fue que era un punto de partida fabuloso y muy sugerente. Lo segundo que pensé es que probablemente sería una mala novela, porque parece el tipo de argumento más adecuado para, tal y como proponía Borges, escribir sobre un libro ficticio que lo desarrollara que para desarrollarlo realmente en un libro. Me dio curiosidad ver si Vonnegut conseguiría resolver ese problema: el problema de un argumento demasiado bueno.

Al terminar la novela ya me había convertido al vonnegutismo, y enlacé su lectura con la de otros libros suyos. ¿Cómo consiguió superar Vonnegut la dificultad de construir una novela sobre un argumento de ese tipo? La respuesta es que, en realidad, Timequake no es lo que la contraportada dice que es. Es decir, no es una novela de ciencia ficción sobre una contracción del universo que provoca que la humanidad tenga que revivir los últimos diez años. Vonnegut, según vemos en el prólogo, parece resolver el problema a la manera de Borges: empieza contándonos que en 1996 escribió una novela llamada Timequake («Timequake 1»). Era una mala novela, una novela que no funcionaba. Entonces decidió salvar las mejores ideas y escribir un nuevo libro con ellas, «Timequake 2». Lo que leemos es esa reescritura: un libro sobre el fracaso en la escritura de una novela.

Pero Timequake no es sólo eso: también es una novela en la que el narrador, Kurt Vonnegut, ha vivido (o está viviendo) en ese universo en el que el período 1991-2001 se ha repetido (o se está repitiendo). En cierta forma, es una novela coral: el narrador es Kurt Vonnegut, pero hay muchos Kurt Vonneguts narradores: uno es esa especie de Borges campechano que reflexiona desde fuera del texto sobre su novela fallida, y trata de salvar y reescribir las mejores partes; otro es un Kurt Vonnegut imposible que vive en el universo de «Timequake 1» y recuerda, reflexiona y narra desde allí («Mi hija Nanny tiene un hijo, Max, que ahora, en 1996, en la mitad de la repetición de los años vividos, tiene doce años»); y todavía hay otro Vonnegut, que recuerda, reflexiona y narra desde el futuro del universo de «Timequake 1» («Ayer era 11 de noviembre de 2010. Acabo de cumplir ochenta y ocho años, o noventa y ocho si contamos la repetición de los años vividos»). Para acabar de redondear la situación, Kilgore Trout, el escritor de novelas de ciencia ficción y alter ego del propio Vonnegut aparece frecuentemente como personaje en cualquiera de los niveles narrativos del libro.

Todo esto suena muy complicado, pero en realidad no lo es, porque Vonnegut no quiere que lo sea. Sortea con humor, elegancia e inteligencia el peligro de esas arenas movedizas que son la metaliteratura y el resultado es, como en las pocas ocasiones en las que que alguien las supera con éxito, brillante. La estructura sirve de marco para la recopilación de material diverso: anécdotas, narración resumida de argumentos de varias novelas y relatos de ciencia ficción de Kilgore Trout, reflexiones sobre arte, política, historia y literatura, y, sobre todo, una gran cantidad de recuerdos personales, algunos de apariencia autobiográfica y otros explícitamente ficticios. Vonnegut consigue interesarnos en todos ellos con su estilo directo, su sentido del humor, su delicadeza y su compromiso moral.

Matadero Cinco fue la segunda novela que leí de Kurt Vonnegut, y acabo de releerla ahora (esa es la excusa para la recuperación de estas notas). En esta novela aparece también, a través de los viajes en el tiempo que supuestamente padece el protagonista, el tema de la revisitación del pasado; una revisitación nuevamente pasiva, en la que el protagonista no cambia nada («Todos tenemos que volver a hacer exactamente lo mismo que la primera vez, para bien o para mal», era una de las últimas frases en Timequake). Aparece también Kilgore Trout como personaje, y diversos argumentos de novelas y relatos de este alter ego insertados en la narración principal. Y algunas interferencias metanarrativas, como las apariciones de Kurt Vonnegut (el Kurt Vonnegut que nos está contando la novela) como personaje en algunos de los flashbacks de Billy Pilgrim. Y, de nuevo, el uso particular de la ciencia ficción en Vonnegut, más como motivo simbólico que refuerza el marco temático de la historia que como motor argumental de la misma. La novela sería perfectamente posible sin la trama de los extraterrestres tralfamadorianos y los viajes en el tiempo, o el delirio de Billy Pilgrim sobre los extraterrestres y los viajes. Bastaría con reconstruir la vida de Billy mediante una estructura narrativa de analepsis y prolepsis, pero por el camino se perdería buena parte del encanto del libro: el sentido del humor, la potencia de la imagen del hombre desorientado que se enfrenta a fragmentos de su propia existencia, y la reflexión filosófica sobre el tiempo como un todo, no como una sucesión de momentos independientes. También se perdería otra de sus virtudes: que siendo una novela sobre la guerra carece de ese tono grandilocuente, de Gran Obra sobre Acontecimiento Importante, que suele impregnar a muchos libros que tratan estos temas. Haciendo la historia más artificiosa gracias a la introducción de elementos de ciencia ficción consigue quitarle artificialidad a la estructura, puesto que está justificada argumentalmente.

El libro abunda en pasajes memorables: el resumen de la novela El Evangelio del Espacio, de Kilgore Trout (pag. 100-101), la descripción del visionado de la película sobre los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial, o las conversaciones con los tralfamadorianos, como la del siguiente fragmento, que es casi una descripción de la poética de Vonnegut en esta novela:

«Cada montón de símbolos es un mensaje breve y urgente que describe una situación, una escena. Nosotros, los tralfamadorianos, los leemos todos a la vez y no uno después del otro. Por lo tanto, no puede haber ninguna relación concreta entre todos los mensajes, excepto la que el autor les otorga al seleccionarlos cuidadosamente. Así pues, cuando se ven todos a la vez dan una imagen de vida maravillosa, sorprendente e intensa. No hay principio, no hay mitad, no hay terminación, no hay ‘suspense’, no hay moral, no hay causas, no hay efectos. Lo que a nosotros nos gusta de nuestros libros es la profundidad de muchos momentos maravillosos vistos todos a la vez».

Anuncios