Musgos de una vieja rectoría

Hawthorne nos presenta el relato «La hija de Rapaccini» (uno de los cuentos más conocidos del autor y uno de los mejores del volumen) como si fuera una traducción de un original francés escrito por un supuesto M. De Aubépine. M. De Aubépine es, obvia decirlo, un trasunto del propio Hawthorne y, de hecho, cuando Hawthorne habla de las obras anteriores del autor francés lo único que hace es presentar sus propias obras con los títulos traducidos. El juego de espejos le permite opinar sobre sí mismo: «Sus escritos no carecen totalmente de fantasía y originalidad; podrían haber merecido mayor fama de no ser por un inveterado amor a la alegoría que puede investir sus tramas y personajes con el aspecto de las escenas y gentes de las nubes, privando de calidez humana a sus concepciones. […] En general, se contenta con un ligerísimo bordado de maneras externas -la falsificación más débil posible de la vida real- y se esfuerza por crear interés mediante alguna peculariedad menos obvia del tema».

La opinión de Hawthorne sobre su propia obra es lúcida y poco puede añadirse a ella. Su irrefenable tendencia a la alegoría es seguramente la parte que peor ha envejecido de sus cuentos; en algunos de ellos («Una fiesta selecta», «El ferrocarril celestial», «El banquete de Navidad», «El holocausto de la tierra») el cuento se sostiene casi exclusivamente sobre su componente alegórico. En otros, la potencia o riqueza de la historia o de alguna imagen relega a la alegoría a un papel secundario. Es en esos momentos en los que encontramos al mejor Hawthorne, al Hawthorne más actual: «La marca de nacimiento», «La hija de Rapaccini», «El joven Goodman Brown» o «El entierro de Roger Malvin» son excelentes muestras de cuento moderno.

Podría decirse que se puede distinguir entre escritores de personajes y escritores de temas. Hawthorne, es, claramente, un escritor de temas; no le preocupa la construcción de personajes y los utiliza como un simple medio que le permite hablar del tema sobre el que quiere hablar. Sus personajes suelen ser cascarones vacíos, arquetipos al servicio de la presentación de una idea. Lo que no es necesariamente un defecto, sino una simple consecuencia del tipo de cuento que se propone. El recurso, de hecho, es una derivación lógica de su gusto por las alegorías, en las que los personajes son meros instrumentos.

Sigo creyendo que el verdadero valor de Nathaniel Hawthorne está en sus cuentos, y no tanto en sus novelas, por las que es más conocido, pero es justo reconocer que en una compilación exhaustiva de sus libros de relatos -como ésta que me ocupa (que recoge todos los cuentos de componente fantástico del libro original Mosses from an Old Manse) o como las recientemente publicadas por Acantilado (Cuentos contados dos veces y la nueva traducción Musgos de una vieja casa parroquial, que recogen íntegramente las ediciones originales)- puede encontrarse mucho material que ha envejecido mal. Es cierto que los mejores cuentos de esos dos libros siguen siendo excelentes y que un par de ellos («El velo negro del ministro» y «Wakefield», ambos en Cuentos contados dos veces) merecen figurar en un lugar destacado en cualquier antología de cuento moderno. Pero también es cierto que bastaría un único libro que agrupara sus mejores relatos para conservar lo mejor de Hawthorne y permitir al lector actual una lectura con menos altibajos. En ese sentido, la vieja edición de Alianza Editorial (Wakefield y otros cuentos, 1985), con prólogo y traducción de Luis Loayza, sigue siendo una puerta de entrada inmejorable, y tal vez más que suficiente por sí misma, para adentrarse en los relatos del autor.

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